640.000 metros cuadrados, hoteles, un auditorio y un puerto

Ese es el titular de una noticia de Las Provincias sobre el conocido como Manhattan de Cullera.

Se trata del ejemplo más claro de la presión urbanística a la que los constructores con la complicidad pseudo-delictiva de los políticos (de derechas y de izquierdas) han estado sometiendo a nuestro territorio. No soy de los que piensan que eso es progreso, es inevitable y traerá riqueza. Sólo estamos en una época de coyuntura, que pasará en breve, y que nos dejará para siempre huellas de algo que la mayoría recordaremos con negatividad: el enriquecimiento de unos pocos, la orgía constructora y el abuso de la tierra.

Desde el punto de vista del urbanismo, creo que nos queda un trecho enorme por recorrer. Tendemos a crecer hacia arriba (el entorno de la Ciudad de las Artes y las Ciencias es una aberración con la que tendremos que vivir para siempre), expandiendo sin control y sin ningún respeto por nada (lo del barrio del Cabañal de València no tiene nombre), e incluso proponiendo crear islas artificiales como en Dubai para poder crecer.

Justo la antítesis del urbanismo sostenible y bien entendido: Construcciones de pocas alturas, tendencia a las viviendas unifamiliares, previsión de amplias zonas verdes respetadas por el crecimiento (lo contrario que en la huerta de València), previsión de comunicaciones y accesos a las nuevas zonas urbanizadas. Necesitamos urgentemente un Calatrava del urbanismo y centralizar en él las competencias que los Ayuntamientos, a base de PAIs, de LRAUs y de PGOUs, han retorcido hasta convertir nuestro entorno en un caos horrendo fruto del todo vale, del no pasa nada y del maricón el último.

Sí. Vale. España crece. Pero la fiesta se acaba y alguien va a tener que recoger la basura. Y los que la han generado hace tiempo que se han marchado…

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