Hace unos meses, la revista Nature publicó un artículo manteniendo que la Tierra bajo nuestros pies podría estar actuando como un gigantesco circuito construido por microbios para alimentar sus sistemas metabólicos.
No se trataría de un planeta sino de un depósito bioeléctrico rotando sobre sí mismo en el espacio. Una batería viviente. Y aunque eso suene poco probable, realmente podemos ver que dichos microbios funcionan como una batería geológica, y que esa batería está hecha de redes de delgados cables que enlazan células bacteriales individuales en un circuito eléctrico con forma de malla. Estos circuitos pueden extenderse por miles de kilómetros, continentes enteros y cadenas de islas, conectados por arrecifes.
Hace unos años, James Lovelock revolucionó la comunidad científica al formular la teoría de que la Tierra es un organismo vivo que autoregula sus condiciones esenciales como temperatura, composición química o salinidad de los océanos. La conocida como hipótesis de Gaia supuso un antes y un después al definir la Tierra como una entidad compleja que implica a la biosfera, atmósfera, océanos y tierra; constituyendo en su totalidad un sistema cibernético o retroalimentado que busca un entorno físico y químico óptimo para la vida en el planeta. Otras teorías han surgido posteriorimente basadas en esa idea, como por ejemplo la de que el SIDA podría ser uno de esos mecanismos autorreguladores creados para controlar el crecimiento descontrolado de la especie humana.
Hace unos meses, la revista 