Me ha chocado que el cielo nocturno de Barcelona sea… negro. Justo el color que debería tener la noche en todas partes. Y es que acostumbrados a la curiosa corteza naranja que cubre la ciudad de Valencia, llama mucho, demasiado en realidad, la atención que la capital catalana tenga tan poca contaminación lumínica, y más cuando cuenta con el doble de población. El siguiente artículo de El País lo deja claro:
Valencia gasta un millón y medio más que Barcelona en luz con la mitad de población. Barberá dedica 10 millones de euros anuales en 82.000 luces en las calles de la ciudad.
Y no soy el único: Nit-dia, nit-nit.
