Un cubata es caro, pongamos unos 6 euros. Contiene una mezcla de bebidas, alguna alcohólica, en un vaso con hielo. Apenas hay que saber nada acerca de su preparación, por lo que el listón para la copia (que un consumidor se prepare el suyo) es extremadamente bajo. Casualmente, en nuestros días, el botellón triunfa entre los jovenes que no tienen la capacidad económica para pagar una cantidad que no se corresponde con el valor que ellos aprecian en el producto.
Una canción es cara. Sólo es posible comprarla grabada en un pedazo de plástico con otras canciones que posiblemente no interesen. Es posible realizar una copia idéntica digitalmente al original. De hecho cualquiera puede en casa descargarse de Internet una copia de la canción interesada, y como copia que es no estará robando nada. Casualmente, en nuestros días, las descargas triunfan entre la población que jamás compraría esa canción en las condiciones que la industria de la copia exige.
Pero por alguna razón, las discotecas exigen al Gobierno que cobre un canon a los vasos de plástico y que persiga a los comercios que venden cualquier tipo de alcohol a la población ya que evidentemente sólo deben poder consumirlo en discotecas… ehhh ¡espera! ¿o no era así?
