Primero llego Napster. Las discográficas lo consideraron una amenaza para su negocio y tenía un servidor centralizado así que recurrieron a los tribunales y consiguieron cerrarlo. Pero los seres humanos comparten por su naturaleza así que sólo era una pequeña victoria en una guerra que sólo podían perder. Desaparecido el servidor central las discográficas no tienen ninguna empresa a quien demandar y sólo pueden hacerlo a sus propios clientes. Absurdo. Pero cualquier cosa mejor que usar el mejor medio de distribución de la historia de la humanidad en su propio beneficio, cualquier cosa mejor que adaptarse, cualquier cosa mejor que cambiar…
Primero las discográficas cuyo declive iniciado por la red ha sido acelerado por su propia actitud. Luego llegó la industria del cine. Y, absurdamente (el hombre tiene fama de no aprender), siguió exactamente el mismo camino, el camino que ya sabían que no funcionaba. No se le pueden pedir peras al olmo. Hoy una nueva industria, la de los libros electrónicos, empieza a verle las orejas al lobo. Saben perfectamente lo que no funciona porque ya han visto cortar las barbas de sus vecinos, tienen sugerencias (Paulo Coelho) sobre lo que podrían hacer para no perder el mercado (básicamente ofrecer los contenidos digitales gratuitamente, bajar los precios del producto físico y buscar medios alternativos como la suscripción), pero irremediablemente (el hombre es profundamente estúpido, especialmente cuando hay empresas por medio) seguirán los pasos de las industrias anteriores y acabarán desapareciendo. Pero nadie derramará ninguna lágrima: es la evolución.
