Al tiempo que Google anunciaba Chrome OS, su sistema operativo cuya principal herramienta es el navegador web, se acentuaba el movimiento que alertaba de que “la nube” (los servidores de grandes empresas en Internet) estaba acumulando más y más datos nuestros. Los fallos de Gmail han servido para relanzar ese temor. Las imprudencias de la gente a la hora de configurar el sistema de acceso a su ecosistema de información en la nube también ha puesto de manifiesto hasta qué punto somos vulnerables con el nuevo sistema.
Pero la nube crece. Cada vez más sitios albergan más datos nuestros de los que no guardamos copia en ningún sitio. Nos fiamos. ¿O quizá no?
En realidad, a lo que tendemos es a la comodidad máxima: me siento ante un equipo ajeno, introduzco un usuario y una contraseña y… voalà, mi escritorio de trabajo, mis accesos, mis aplicaciones (actualizadas de forma transparente), mis favoritos, … todo preparado para empezar a ser productivo sin ningún coste en tiempo. Todo ello gracias al navegador, a la “nube” y a los avances en tecnologías web.
¿Preocupación? Por supuesto. Hace unas semanas un servicio de acortamiento de URLs llamado tr.im anunciaba que iba a cerrar a finales de año, perdiéndose con el cierre los miles de MegaBytes de información que ha ido acumulando a lo largo del tiempo y que, perteneciendo a miles de usuarios, se pueden encontrar en muchas páginas web en forma de enlaces que dejarían de funcionar. Aunque la respuesta de la comunidad ha conseguido que los responsables decidiesen rectificar, la sensación de impotencia que los usuarios del servicio sufrieron no debe ser subestimada.
Se necesita un método que permita sincronizar los datos que hay en la nube con un disco de nuestra propiedad o con otra página web que permita albergar esa información. Un respaldo que sirva para que podamos confiar en la nube y aprovechar sin complejos todos los beneficios que va a aportar.
Referencias:
- The web is the most successful fantastic virtual machine. Dion Almaer.
- El Cloud Computing es una estupidez y una trampa. Richard Stallman.
