Llevo unos meses detectando actitudes de ciertos colectivos que me gusta calificar de suicidas y que empiezan a repetirse con cada vez más frecuencia. Digo suicidas porque lo que solicitan dichos colectivos ignora el dictado del sentido común y porque en caso de satisfacerse tendría unos resultados indeseados en el mejor de los casos y que haría desaparecer al propio colectivo en el peor.
- Lo he visto con la burbuja inmobiliaria. Donde había más deseo que razón al decir que nunca bajarían los precios de los pisos. De hecho sigue pendiente en el mercado español el reajuste necesario porque, pese a la que está cayendo, la mayoría sigue convencida de que todo mejorará antes de tener que vender barato. Ilusos.
- Lo veo con el cambio climático, no sólo en los gobiernos que aceptan que hay que hacer algo pero esperan que sea otro el que lo haga. Lo veo, sobre todo, en esos negacionistas, capaces de seguir negando la evidencia incluso segundos antes de morir helados por una tormenta en pleno agosto, simplemente porque sus acciones residen en empresas poco ecológicas.
- Lo veo en la clase empresarial, que se desgañita pidiendo un despido libre que, en caso de hacerse realidad triplicaría el número de parados, colapsaría totalmente el consumo y haría desaparecer las empresas de aquellos que lo pedían.
- Y de resultar cierto, aunque suene a conspiración, que ciertos individuos “poderosos” están detrás de la gripe A para reducir a la mitad la población mundial. El resultado sería lamentable: para que haya ricos debe haber pobres, mata a los pobres y el desequilibrio sería tal que ellos perderían inmediatamente su condición.
Son evidencias tan grandes que resulta insultante cuando las percibes.
