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La informática ha muerto. Viva la informática.

A veces hay que estropear un poco el cuadro para poder terminarlo. Eugène Delacroix.

Párate en seco. Da un paso atrás. Míralo todo en conjunto y por fin comprenderás lo que no podías ver…

Llevo más de un mes con un HTC Magic, un móvil con el sistema operativo abierto Android. He estado usando Windows Mobile desde hace bastante tiempo. Ya conozco sus entresijos, sé que debo reiniciar cada cierto tiempo y ya me he encontrado unas tres veces con el molesto error en el que se corrompe la cola de avisos y deja de alertar en las citas y las alarmas. Pero ya estaba acostumbrado, tantas horas con el dispositivo en el bolsillo lo convierten en el candidato ideal para aprender de él en los tiempos de espera. Y claro, tenía muchos programas que me costó mucho encontrar para tunearlo hasta el punto de encontrarme realmente cómodo con él. Muchos de esos programas mejoraban el funcionamiento del sistema básico, supliendo lo que el fabricante no había querido cubrir.

Aunque el cambio a Android debería haber sido una mejora evidente, sigo encontrándome raro. Me falta agilidad, echo en falta demasiadas cosas. No es sólo un cambio de sistema operativo, hay algo más. Algo que no he comprendido hasta hoy, hasta que he leido este artículo motivado por el reciente iPad de Apple. Android “copia” mucho de lo que el iPhone puso sobre la mesa: una simplicidad extrema, un control sobre el proceso de instalación que quita libertad a cambio de hacer el sistema extremadamente estable, una limitación en cuanto a las aplicaciones que pueden estar ejecutándose a la vez a cambio de que todo el rendimiento se concentre en lo que está haciendo el usuario en ese momento.

Para los que llevamos muchos años arrastrando una mejora tras otra en el mundo de la informática, se nos hacen raras estas nuevas plataformas restringidas que están siendo recibidas por millones de personas que, por fin, entienden los dispositivos que llevan. Sin embargo era necesario un cambio tan grande como este (Android/iPhone) para cortar con los años de tradición de la metáfora del escritorio y las ventanas con la que tantos usuarios de la vieja usanza nos sentimos absurdamente cómodos.

Ahora falta que los fabricantes lancen sus iPads basados en Android, un sistema operativo abierto ideal para ello. Tenía razón Jobs: falta algo entre los móviles y los equipos de escritorio de siempre. Esperemos que valga la pena esa libertad perdida ante el proceso de aprobación de la aplicaciones de Apple con la que muy pocos nos encontramos cómodos.

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